Cuando la lactancia materna me salvó la vida

(O al menos la salud mental).

Hace semanas que pensaba en escribir esta entrada, y ahora que veo realmente cerca mi próxima lactancia y empiezo a pensar en ello y re visitarlo a diario no he podido contenerlo más ;P

Mi lactancia necesita contexto. Yo tuve una cesárea porque sí, basada en mentiras que mi ginecólogo me dijo para obtener mi consentimiento desinformado. Además tuve complicaciones de la anestesia que por poco me mandan al otro barrio. El día que nació mi hija, junto con la felicidad recuerdo sentir mucha pena, mucha culpa pero sobre todo vergüenza. No me sentía legítima, no me creía madre de pleno derecho habiéndole fallado de esa manera, me sentía menos digna que las demás -ya hubiesen parido de forma natural o mediante una cesárea necesaria.

lactancia

Así que la lactancia fue como un caballo de batalla al que sí podía subirme. Era algo que también creía importante y que me daba una segunda oportunidad de ser la madre que consideraba que mi hija merecía, y me lo tomé como un asunto de vida o muerte… pero las cosas tampoco estaban de nuestra parte. La asistencia en el hospital fue de película de terror, tuve cero ayuda en cuanto a técnica de lactancia y mucha presión para aceptar sus biberones gratis, me los dejaban en la habitación a cada rato. Mi hija nunca parecía contentarse, y a mí me dolía muchísimo el pecho. Teniendo fibromialgia y Raynaud (cosa que desconocía entonces) y luciendo mi hija un magnífico frenillo (de lo que tampoco supe nada hasta que cumplió 9 meses) os podéis imaginar que las tomas eran terriblemente dolorosas y además interminables. Para cuando llegué a casa tenía un pezón partido en dos, pero mi fuerza de voluntad estaba intacta, porque aquello TENÍA que hacerlo bien.

Y con todo lo duro que fue, con lo dolorosas y complicadas que fueron las primeras semanas, tengo que decir que el efecto curativo de la lactancia siempre fue superior. Dar el pecho era una experiencia igualadora, que yo sentía que me convertía en madre de pleno derecho, como las demás, las que sí se habían defendido o habían “parido bien”.

Si tuviese que buscar un eslogan para vender la lactancia, más allá de anticuerpos, vínculo, prevención del cáncer de mama y demás, diría que es la gran amiga de las madres y los bebés porque significa la oportunidad de hacer algo bien todos los días. Yo recuerdo ir al súper y mirar los botes de leche, tentada de comprarle uno y hacer lactancia mixta hasta que todo fuese mejor. Y recuerdo decirme a mí misma “Hoy no vamos a comprar ningún bote de leche. Hoy vamos a seguir con la teta, y el próximo día que venga, si las cosas van mal, lo compro sin ninguna vergüenza”. Pero al final del día todo eran triunfos, a pesar del dolor. Mi hija había tomado teta un día más, yo había tomado la decisión consciente de no comprar ese bote (tenía el control), y ella cogía peso fenomenalmente bien (uno de esos bebés tamaño jumbo que vemos a veces las asesoras, con tremendo frenillo pero también con un maxilar potente y una obstinación brutal en reclamar la leche y obtenerla a toda costa. Estos bebés-guía siempre me ha parecido que son los perfectos capitanes para sus mamás inseguras, con todo en contra pero con absoluta capacidad de salir adelante si ellas escuchan y les permiten dirigir el tándem). En ese momento del día la idea peregrina del bote de leche ya no tenía espacio en mi mente, y así prosperamos pasito a pasito, 6 meses de lactancia exclusiva que a mí me parecían una auténtica revolución feminista: alimentar a mi hija sólo con mi cuerpo, a pesar de la insistencia de las instituciones y el sistema para ponérnoslo difícil y ponernos la leche artificial por delante. Sentía que tenía dentro una fuerza grandiosa y quería que todas las mujeres supiesen que también la tenían, y aunque aún me quedaban cosas difíciles por vivir (la vuelta temprana al trabajo, la experiencia de sacarte leche en el baño de la oficina, la agitación y destete a los 37 meses) esas vivencias me dieron aún más perspectiva y ganas de ayudar a quien viniese detrás.

Cuando la Fierecilla tuvo unos meses, además, tuve la oportunidad de formarme como asesora, algo que deseaba muchísimo. Quería poder poner al alcance de más personas la ayuda que yo había tenido. Quería poder ofrecer mi experiencia y todo el conocimiento científico que había adquirido tras meses de leer como loca todo lo que caía en mis manos. Hice incluso una especialización en lactancia para bebés con dificultades especiales, porque pensaba que podía ofrecer ese algo más. Y tengo que decir que eso también fue curativo. Me gusta pensar que cada vez que ayudé a alguien a seguir un día más sacaba un poco de agua del bote donde me había hundido con mi cesárea y la echaba al mar, llevándolo a flote. Era una forma de convertir todo el trauma y la energía negativa que tenía dentro en gasolina para algo positivo. De no dejar que la ostia hubiese sido en vano. Probablemente si yo hubiese tenido un parto vaginal estándar y una lactancia facilita jamás hubiese participado en un grupo de lactancia, y de esa forma todo el agravio cobraba sentido y utilidad de algún modo, al menos para mí misma… yo entonces no lo sabía, pero en ese punto ya no sólo estaba validándome a mí misma como madre, sino validando la experiencia. Esforzándome por encontrarle un sitio en el puzzle del karma a la pieza tan fea que me había tocado encajar: sosteniendo a otras necesarias y mucho más bonitas. Y hoy todavía lo siento así, sobre todo cuando tengo oportunidad de volver a ver a familias que alguna vez me permitieron escucharles o darles un consejo y que salieron adelante. Pienso que todas esas mujeres tuvieron la oportunidad de vivir esa experiencia en una pequeñita parte gracias a que yo metí la pata y siento que fue un poco menos absurdo cagarla.

Y ha tenido que llegar este momento y esta nueva oportunidad, en las últimas semanas de embarazo, para mirar el puzzle desde lejos y saber plasmarlo con palabras, para entender las motivaciones y el funcionamiento de mi propia reacción al trauma. Aunque nunca llegue a estar del todo en paz con mi falta de decisión cuando me “propusieron” la cesárea, agradezco enormemente a mi yo del pasado haberse obsesionado con la lactancia, haber estudiado tantísimo, porque la perspectiva que ahora tengo -que todo saldrá bien, que soy muy capaz, que puedo enfrentarme a lo que surja- y el regalo que recibe la Fierecilla#2 ahora que llega al mundo -una madre segura de que puede darle lo mejor, con información y una red de ayuda desde el minuto cero- son simplemente inconmesurables.

Estoy deseando ver al fin esa carita y valorar ese frenillo ; )

 

Aviso de utilidad pública: YO rechacé la posibilidad de la lactancia mixta porque en nuestro caso no era necesaria, y de igual modo lo valoró una experta en lactancia. La suplementación innecesaria es un peligro para la lactancia materna, sin embargo, cuando de verdad procede es conveniente y valiosa y lo ideal es que cada mujer tenga el espacio y herramientas para tomar esa decisión, apoyándose en el conocimiento técnico de una persona formada para ello, como las que encontrarás en este enlace. Pide ayuda acreditada, siempre.

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