De cómo perdí un bebé y a Eva Gina (1)

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He tardado 20 minutos en encontrar título para esta entrada y he vuelto a reescribirlo después (dos veces).

Llevo queriendo trasladar esto al papel (o al lcd) desde hace un año, y siendo incapaz. Oralmente tampoco se me ha dado mucho mejor.

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Empezando por el principio.

El año pasado perdí a la madre de mi madre. Es complicado cuando pierdes a alguien a quien ya habías apartado de ti tiempo antes, porque por muy asertiva que una sea, las presencias tóxicas suelen dejar un olor rancio que nunca se desvanece del todo. Yo me aparté de ella porque era necesario para estar bien, pero de todos modos su fallecimiento, y el modo injusto e inesperado en que se produjo, abrieron la caja donde escondía el daño que en su día me había hecho, así que mi cuerpo decidió llorar lo que no lloró con 5 años, ni con 8, ni con 22. De todos modos, qué aleatorio es esto de sentir la pérdida de cosas que no tienes, que no quieres.

La noche que ella dejó de ser me dormí con la esperanza de despertarme al día siguiente con la dulce anestesia que siempre traen estos episodios de llanto, pero ocurrió que, en realidad, esa mañana me despidieron. El jefe de proyecto me dijo por teléfono que “esperaba que tuviese otro sitio al que ir a trabajar el lunes” (era viernes). En el sector de la informática ya pasan estas cosas, sobre todo cuando una está en una cárnica. Los proyectos vienen y van y no siempre se terminan, y eso pasó con el mío. No era culpa mía, pero tampoco eran ni el momento ni las formas, y en una situación en la que normalmente tendría una buena respuesta, mi yo venida a menos y volcada a los demás solo supo agradecerle la llamada y decirle que no se preocupase que seguro que yo encontraría algo pronto. YO le tranquilicé a el para que no se sintiese mal por hacer esa llamada. ¿Se puede estar más fuera del propio centro?

Esta intro es para colocar el marco al verano, para tratar de ilustrar qué traje llevaba yo en ese momento. La cosa es que me sentía tan, tan, tan deshecha y cansada, que por fuerza tuve que volver a construirme, y eso requiere mucha auto revisión. Me di cuenta de cuántas cosas había en mi vida que ya no quería, y cuántas cosas me había negado a mí misma; principalmente el tener más hijos. Yo hice un trato muy poco democrático conmigo misma en el que me impuse no tener más. No quería traer un bebé celíaco al mundo, porque yo lo soy y a veces es duro, es alienante. No quería arriesgarme a un embarazo con fibromialgia, a otra cesárea (otro fracaso), a sostener un bebé tan deseado en unos brazos que duelen todos los días. No quería poner mi relación bajo ese test, porque la vez anterior suspendimos. Y no quería decírselo a mi pareja, porque él ni remotamente quería tenerlos, y probablemente eso representaba que teníamos que terminar. Pero me imaginaba en la piel de la madre de mi madre, llegando a esas últimas horas sin haber parido como una hembra mamífera, sin haber amamantado otra vez, sin haber tenido otra criatura, y simplemente no podía ser. Era tan incorrecto que era aterrador. Así que no quería ir hacia adelante y hacer lo que debía hacer, y no quería seguir donde estaba, yendo hacia atrás. Y mucho menos podía escribir, porque yo sólo sé escribir febrilmente, directo desde el útero, y en ese momento mi útero y yo nos habíamos mentido durante demasiado tiempo. No podía ocuparme del blog, porque Eva representaba demasiado fielmente a la yo de un mes antes, cargada de mochilas con las que ya no podía y tapándose los oídos para no escucharse a sí misma.

Tuve la suerte de recibir un encarguito que me requirió mucho esfuerzo mental y que me ayudó a pasar unos meses más, económica y mentalmente (no todo el mundo puede decir que javascript le salvó la vida, pero yo sí, la informática también tiene estas cosas). Además en seguida volví a encontrar trabajo. Ojalá hubiese aguantado más tiempo el paro, pero me acojoné y creía que necesitaba demostrarme a mi misma que era una profesional válida y que podía encontrar algo mejor en cuanto quisiera. Y así fue… Pero mi cerebro se quedó atascado en el día de julio en que ella se acababa de morir y a mí me habían despedido, y mi vida era un desastre y nada estaba como yo quería.

De modo que sabía que tenía que cargarme el blog, dejar de usar un seudónimo y empezar algo más valiente y más honesto conmigo misma. Y tenía que decirle a mi pareja que en realidad no sólo quería tener hijos, sino que debía hacerlo, y no podía reconciliarme con la posibilidad de renunciar a ello. Tardé 4 meses más en abrir la boca y, sinceramente, no fue tan liberador y genial como cuentan en los libros. A veces decir la verdad es una mierda.

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