Gordas guapas, gordas sanas.

imagen vía www.chilture.com

Ayer estuve navegando en algunas webs de fotografía especializadas en desnudo femenino. Estaba buscando material para una entrada sobre fotógrafos que plasmen diferentes realidades corporales y que traten de transmitir determinados mensajes a través de ellas, pero lo que me ha llamado la atención ha sido otra cosa: los comentarios de las personas respecto a esos trabajos. Las opiniones, algunas de ellas francamente hirientes incluso para mí como espectadora supuestamente ajena al tema (aunque implicada, en tanto que dueña de un cuerpo).

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A mi modo de verlo, esto no es más que una especie de choque de movimientos divergentes, cuyo desacuerdo no tiene otro origen que la falta de conciencia propia de cada uno de ellos, pues todos vienen de lo mismo.

Por una parte veo un montón de personas tratando de normalizar determinadas complexiones. Existen un montón de proyectos de artistas que intentan que, igual que ellos lo hacen, veamos belleza en todos los cuerpos, que quieren definir por enésima vez qué aspecto tiene una “mujer real” o hacer que entendamos que ese amasijo de carne, músculo, pelo y demás puede tener tanto o tan poco significado como queramos darle, y que una mujer de 96Kg es tan bella como una de 50, y que tampoco la raza, las facciones, la edad, las cicatrices o las patologías son un impedimento para que tu cuerpo sea bello. Estos artistas intentan no sólo normalizar sino enseñarnos a mirar de otra manera para que veamos lo que ellos ven, y me parece que los retratos son una muy buena forma de articular ese discurso, porque al final no es una cuestión de lógica o razonamiento sino del cristal por el que ves.

Por otro lado, veo un montón de comentarios que critican a esos artistas porque están mostrando a personas con un índice de masa corporal inferior al 20 o al 18%, o a personas obesas o con sobrepeso. Les acusan de querer despatologizar algo que es enfermizo (y podríamos hablar largo y tendido de si tener 20Kg de más es una enfermedad, un síndrome, o un síntoma de otra cosa, pero hoy no toca). Estas personas insisten en señalar que son estados patológicos del cuerpo incompatibles con la buena salud, y que publicitarlos es una apología de conductas autodestructivas, que se trivializa la enfermedad o que se les da una excusa para seguir estando “no-en-forma” (y aquí voy a hacer un inciso: parece que le hemos perdido el respeto a la obesidad como patología o que damos por hecho que es fruto de la irresponsabilidad, porque a nadie se le ocurriría decir que la foto de un enfermo de cáncer, o de alguien con deformaciones congénitas sea apología de lo patológico… no, eso es solidario y es bien, del mismo modo que tener un novio gordo significa que no tienes autoestima para buscar algo mejor y tener un novio en silla de ruedas te convierte en la madre Teresa de Calcuta). Mientras tanto, unos terceros se regocijan al verse reflejados en esas mismas fotos, al sentirse reconocidos, homenajeados, confirmados. Unos porque ya se sienten bellos y es un orgullo que alguien se lo reconozca, y otros porque, al revés, odian su apariencia y necesitan creer a quienes les dicen que están equivocados.

Y yo me pregunto, ¿de qué tenemos tanto miedo? Hay personas que se muestran francamente ofendidas ante la más mínima insinuación de que se puede ser gordo y guapo y sano, o pesar 40 kg y estar perfectamente. Personas que se pasan la vida informando a los demás de los km que han corrido, que te señalan cuando no comes lo que debes o que sieeempre llegan a tiempo para corregir al que se atreva a decir “las gordas también son guapas” porque está cometiendo poco menos que un delito contra la sanidad pública. A mí me parece estupendo que la gente se cuide, o que se obsesione con cuidarse, me parece estupendo que su ideal de salud, energía, condición física o estética personal sea ése y que persigan esos resultados. Es más, no tengo problema con que se obsesionen, cada uno es libre de dejarse quemar por el fuego que más le guste. Lo que no me cuadra es la necesidad de que su esfuerzo sea visto y aprobado por los demás, la necesidad de apagar otras concepciones estéticas, la necesidad de desacreditar otras opciones y tacharlas de insanas o intentar que no se publiciten. Ese venirse abajo y airarse cuando se premia un cuerpo menos trabajado, que ha requerido menos sufrimiento o compromiso. No lo entiendo.

Yo nunca he tenido una buena relación con mi cuerpo, aunque creo que mejora con el tiempo. Mis problemas de propiocepción y autoaceptación se basan en tres pilares: uno es el conocimiento real y fundamentado de que no estoy en normopeso desde hace cerca de 26 años (yo no voy a hablar de pesos ideales), de que algunas partes estéticamente no me gustan y de que además tengo un cuerpo débil y sujeto a la tiranía de ciertas enfermedades. El segundo, la culpa. Porque nunca llego hasta el final en mis intentos por mejorarlo, nunca mantengo una rutina mucho tiempo, nunca me importa lo suficiente como para privarme de una copa de vino. El tercero, la volubilidad. Al final me digo a mí misma que si no he sido capaz de resistirme a algo que deseaba comer (comer! algo tan banal, momentáneo y que perdura tan poco como comer, frente a algo tan duradero como el propio cuerpo!) es que, siendo sincera conmigo misma, mi aspecto me debe importar bastante menos de lo que pienso cuando tengo un momento de bajón. Puedes decir que me engaño, que me disculpo o que soy autodestructiva, aunque yo podría responderte que soy hedonista, que bastante tengo con lo que tengo o que relativizo y tengo mi propia escala de prioridades y lucir bien en bikini hace 15 años que no es una de ellas. Y vuelta a empezar el ciclo.

Pero lo que no hago es salirme de mi propio dominio de complejos y planear sobre los ajenos. Me preocuparía mucho más provocar que alguien se sintiera mal con su cuerpo, que el modo en que juzguen los demás mi forma de alimentarme o cuidarme. Y es porque en el fondo sé que TODAS nos envidiamos en algo. Al final es eso, relativizar y darle la vuelta. Tu amiga la del six pack suspira por unos ojazos azules como los tuyos, mientras tú quieres las tetas de una tercera, que se siente acomplejada por su michelín. Es como si hubiésemos desdoblado nuestros centros para ver lo malo en nuestro cuerpo, lo bonito en el de otra y de puertas para fuera fingir que es al revés.

En fin, un desvarío que apenas va a ninguna parte, fruto de la pena enorme que me da constatar todo esto. Que hayamos hecho de nuestros cuerpos una especie de trinchera donde libremos peleas entre nosotras y con nosotras mismas, que descalifiquemos a los demás, que nos odiemos a muerte y que de cara a la galería nos aterrorice tanto que se conozcan nuestros complejos, como si nos fueran a hacer débiles ante los demás.

 

2 comentarios

  1. Roque dice: Responder

    Penúltimo párrafo: true story.

  2. […] Tengo muchas pacientes adultas que han triunfado en sus profesiones y que han superado muchos tipos de problemas, pero que en cuestión de alimentación no pueden hacer lo mismo. Sin embargo, son seres humanos brillantes y agradables. No tienen de qué avergonzarse. […]

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