La gran mentira del parto

Como ya he explicado alguna vez, mi no-parto (yo insisto en no llamar parto a una innecesárea) fue una experiencia humillante, dolorosa y mutilante en cierto modo.

Más allá de lo obvio del dolor físico, de la vergüenza por no haber dado la talla como mamífera y de la pena por el proyecto de nacimiento perdido, sí que recuerdo algo que me hirió particularmente y en lo que creo que nunca se profundiza, y es la negación de nuestro derecho a encabronarnos tras un mal parto.

Cuando estás embarazada, todo el mundo te habla de lo maravilloso que será ese momento en que veas la carita de tu hij@ después del (católico) sacrificio en el que abres tu cuerpo y expones tu vida para que tu criatura llegue al mundo a través de tí. Parece que los puntos vayan a ser lazadas de seda que suavizan tu episiotomía, que la mirada de tu bebé pueda borrar los malos tratos, o que el sólo peso de su cuerpecito en tus brazos equilibra todo lo malo pasado en la balanza emocional.

Pues es una mentira así de gorda.

Toda esta avalancha de asunciones que cae sobre la madre, dando por hecho que tiene que sentirse FELIZ y SATISFECHA porque ha traído una vida nueva, dando por hecho que todo el mal sufrido, bien empleado está, que los puntos, las frases secas, las mentiras, la incertidumbre, la falta de intimidad son un precio justo que la mujer debe asumir contenta a cambio de su maternidad… todo esto lo único que consigue es DISOCIAR a la mujer del resto de su entorno y negar lo que siente.

Yo recuerdo como todo el mundo me decía que tenía cara de satisfecha, mientras que yo en el espejo sólo veía a una traidora. Recuerdo oír mencionar lo rápido que subía mi leche (nota de la asesora: la leche ni sube ni baja ni va de lado, no es el puto ascensor de Willy Wonka), y no recuerdo que nadie me preguntase si me tiraban los 200 puntos que suturaban mi abdomen.

 

 

Ahora sí que me arrepiento de algo más que de haberme dejado abrir, y es de no haberme cabreado más.

 

Y ésto es lo único que puedo sugerir (no me atrevería a aconsejar) a cualquier mujer que se enfrente a la tarea de dar a luz en condiciones no respetadas: NO TIENES POR QUÉ SER FELIZ. Tienes todo el derecho del mundo a patalear. A llorar cien días seguidos, con sus cien noches. Es legítimo que te deprimas, que te cabrees, que sientas rabia contra tu entorno cuando tú sientes que te ha ocurrido una desgracia y mientras tanto ellos no pueden dejar de repetir lo feliz que es ahora la familia. Algunas madrazas ni siquiera tienen la capacidad de sentir amor por su cría desde el minuto 0, y están tan saturadas de dolor que no les da la piel para sentir nada más, y también tienen todo el derecho y es perfecto que lo sientan, si eso es lo que sienten. Las cosas no se desarrollan como en un anuncio de leche artificial, y sólo por el hecho de hacer pasar un bebé por el coño una no se descarga el pack AmordeMadre2.0 como quien obtiene un logro en la XBox.
No eres una mala madre si la cara de tu hijo no te lobotomiza, yo soy una madre espectacular (tenemos que repetirlo más!) y no funcionó así , TAMPOCO conmigo.
Puedes querer a tu hijo con locura, puedes sentir la felicidad y el poder mamífero, la revolución de la oxitocina, y aún así tienes todo el derecho a legitimar tu basurero, a decir que estás mal y que no tienes ninguna obligación de ponerte bien por nadie. Tienes un duelo por delante, y nadie te puede negar darte el espacio y el tiempo para vestirlo, gozarlo (sí, un duelo se goza también), exprimirlo, hundirte y crecer en él cuando lo estimes.

Porque a veces, ese momento en que miras hacia abajo y ves la carita de tu bebé… a veces ese momento, con toda su belleza, es UNA PUTA MIERDA.

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